
Mi relación con la bicicleta ha sido un continuo de amor-odio a lo largo de mi vida...
De pequeña no sabía montar, y en vista de las galletas que se pegaban algunos sobre dos ruedas, me mantuve al margen. Luego, con unos 13 años me dio por aprender a conducir la bicicleta, y aunque me cansaba, pasaba momentos muy agradables montando en bici.
Luego la arrinconé. Prefería caminar. Sin embargo hacía deporte pasivo viendo la vuelta y el tour. Por aquel entonces, cuando todos admiraban a Induráin, yo siempre apoyaba a Zülle, que a pesar de su mala suerte pudo haber llegado a ser uno de los grandes...
Pero este post no va de eso, sino de el reencuentro con ese medio de transporte tan poco utilizado. Este verano he tenido la oportunidad de "pilotar" una bici curtida en 1000 batallas, y hemos surcado los caminos de huerta de Moncófar. Es indescriptible la sensación de libertad de pedalear con el aire acariciándote la cara... Me encantaría poder ir en bici todos los días, pero sé que luego en ciudad me da miedo, porque con los coches me parece muy peligroso viajar en bici...
Aún así, y a pesar de los efectos secundarios de este deporte (Dolores en el lugar donde la espalda pierde su nombre, agujetas si te pasas de rosca, posibles caídas...) donde esté montar en bici que se quite el coche, la moto o cualquier otro medio de transporte. Me parece épico desplazarse a gran velocidad sobre un vehículo que solo funciona si funcionas tú :)